LA HISTORIA DE DON JUAN MANUEL DE SOLORZANO

En la vida de unos de los más famosos asesinos de la colonia, la historia y la leyenda están entrelazadas, realismo e imaginación. Don Juan Manuel de Solórzano, vivía en una grande casa cerca de lo que hoy es la avenida "20 de Noviembre" en el centro de la Ciudad de México. En 1636, el opulento caballero se había casado con la hija de un rico minero de Zacatecas, la señorita Mariana de Laguna. Desde el principio, Don Juan Manuel había sido atormentado por unos terribles celos sin razón, que lo llevaron a la obsesión, la leyenda cuenta que sus celos aumentaron cuando su excelencia, el virrey Marqués de Cadereyta, vecino de los Solórzanos, empezó a frecuentar la casa de la bella Mariana. Como Don Juan Manuel estaba a cargo de la administración de ciertas ramas de los impuestos de la realeza, las flotas que llegaban a la peninsula y el tráfico de productos era su negocio, tal ocupació lo forzaba a alejarse de su casa frecuentemente.

Según la leyenda Don Juan Manuel sufrió más porque pasaba el tiempo y los hijos no llegaban al matrimonio. Por algunos momentos, el atormentado espíritu pensó en retirarse al convento de San Francisco, en busqueda de paz. Entre estar ofuscado y ser cuidadoso, Solórzano mandó a traer un sobrino de España para que manejara sus propiedades y aprovechar para cuidar a su bella consorte. Sin embargo, tal sobrino era tan valiente y apuesto que fue bien recibido por Mariana, lo que llevó a Don Juan Manuel a una desesperación total.

Presa del diablo debido a sus celos, Solórzano ofreció venderle su alma al diablo a cambio de enterarse con quien lo engañaba su esposa. El diablo aceptó e hizo el pacto: Don Juan Manuel debía salir en la noche, y acercársele a quien pasara por su casa y matarlo a las 11 de la noche en punto, el diablo señalaría al culpable aparenciendo junto al cadaver. En la noche Don Juan Manuel salió de su casa, envuelto en una amplia capa, con un sombrero cuyas plumas prácticamente le cubrían la cara y acercandose al inocente transéunte le preguntaba:

"¿Disculpe usted ser habitual, qué hora es?" "Las once", contestaba la pobre víctima, entonces el hombre enloquecido contestaba: "Afortunado usted, que sabe la hora en que va morir.", el cuchillo brillaba en la oscuridad, podía escucharse el sofocante grito, el golpe que daba el cadaver al derrumbarse al piso y el asesino mudo e impasible, abría la puerta otra vez y caminaba por el patio, subía las escaleras e iba a su cuarto. Por supuesto, los asesinatos frecuentes captaron la atención de la justicia y los vecinos comenzaron a hablar de hechizos y conjuros en la calle. Con las cosas de éste modo, una noche el sereno le llevó al cuarto de Don Juan Manuel el cadáver de su desafortunado sobrino. Una vez que se dió cuenta de sus crimenes, Don Juan Manuel corrió a confesarse con los Frailes de San Francisco.

Como penitencia debería rezar parado enfrente de las horcas públicas, tres noches seguidas, un rosario para las almas de los inocentes que había matado. Desde la primera penitencia, Don Juan Manuel tuvó horribles visiones de funerales donde él era el cadaver. La tercera noche, Solórzano fue encontrado colgado de la horca sin saber como o quien había hecho justicia, la imaginación popular pronto vió unas manos de ángel que había ahorcado al hombre celoso y asi fue consignado por tradición

Sin embargo, la historia nos otorga otra versión, que se volvió el capítulo olvidado de ésta leyenda. Don Juan Manuel de Solórzano era nativo de Burgos, España y había llegado a México acompañado del Marqués de Guadal quien quería tomar posesión del Virrey XIII de la Nueva España en 1612. Un hombre rico con grandes éstandares sociales, Don Juan Manuel pronto encontró un lugar entre las esferas dominantes y se hizo muy buen amigo y consejero de Lope Diez de Armendariz, Marqués de Cadereita que en 1635 fue nombrado Virrey XVI. Con Cadereita, Solórzano obtuvo gran presencia en la corte y se volvió el consentido del virrey; la Audiencia se quejó de ciertas anomalías administrativas en las que Solórzano se veía involucrado. El disgusto popular hacía el consentido del virrey incrementó tanto, que un levantamiento era temido por todos. Pero el virrey arregló el asunto favorablemente y confirmó a Solórzano en la posición. Sin embargo, para la Audiencia, el resultado no fue muy agradable

La oportunidad de saldar las cuentar vino en 1640, cuando llegaron noticias de la Insurreción Catalana, que había capturado la atención de toda la realeza y por supuesto del virrey también. Un buen día, Don Juan Manuel fue arrestado y metido a la cárcel por orden de Francisco Velez de Pereira cuyo trabajo era Procurador de Justicia. En la cárcel, Don Juan Manuel se enteró que Velez de Pereira además de envidiarlo por ser el consentido del rey también le envidiaba su bella esposa ya que fue a visitar a la fiel Mariana pero ella no permitió que nada más pasara. Un compañero de celda también rico, pensó en alguna manera que permitiera a Don Juan Manuel salir de la cárcel por un rato para que pudiera ver como Mariana se estaba comportando. Una de esas noches, sorprendió al alcalde en una amena plática con su esposa, cegado por la furia. Solórzano lo mató, el escándalo fue enorme y las autoridades superiores del virreinato se encontraron con una complicación política y un crimen pasional. La ignominia de los motivos del alcalde saldrían al público, visitaba a Mariana para convencerla de que le entregara su virtud a cambio de la libertad de su esposo. La Audiencia no deseó proceder contra el asesinato, ya que la hacerlo deshonraría aún más al funcionario muerto y el virrey quería salvar a su amigo a toda costa, el conflicto terminó cuando en una mañana de octubre de 1641, Solórzano fue encontrado colgado. La historia dice que no hay ningún misterio, ni manos de ángel, sino simplemente la orden de ciertos oyentes de la Audiencia

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